Audio y Transcripción

El Diletante, de Edith Wharton

Relato adaptado a nivel B1

Thursdale caminaba hacia su club cuando decidió pasar, como hacía muchas veces, por la casa de la señora Vervain.

Pensó que aquello era algo completamente normal, aunque en realidad hacía varios días que no la visitaba.

Dos días antes había estado allí con Ruth Gaynor, pero no consideraba aquella ocasión una verdadera visita. Había sido una situación diferente, más formal. Ahora quería volver para hablar con Margaret Vervain sobre aquel encuentro.

También sentía otra necesidad más difícil de explicar. Quería ver una vez más algo que estaba a punto de desaparecer de su vida.

La señora Vervain siempre sabía reaccionar perfectamente en situaciones complicadas. Thursdale admiraba especialmente su tranquilidad y su capacidad para evitar escenas incómodas.

Cuando era más joven, él había cometido el error de hablar demasiado sinceramente con las mujeres. Decía exactamente lo que sentía y esperaba escuchar las mismas confesiones.

Con el tiempo comprendió que aquello solo complicaba las relaciones.

Poco a poco empezó a preferir relaciones más tranquilas y ambiguas, donde nada estuviera completamente definido y donde las emociones permanecieran bajo control.

Para él, Margaret Vervain era perfecta para ese tipo de relación.

Durante años habían compartido conversaciones, silencios, cenas y visitas frecuentes, pero sin definir nunca claramente qué eran el uno para el otro.

Al principio Margaret había sido más emocional y más impulsiva. A veces mostraba demasiado claramente lo que sentía. Pero con el tiempo aprendió a ocultar mejor sus emociones.

Thursdale estaba especialmente satisfecho de la manera en que ella había recibido a Ruth Gaynor durante la visita anterior.

Había anunciado su compromiso por carta porque temía una situación incómoda. Sin embargo, Margaret se había mostrado tranquila y elegante.

No había mostrado celos ni resentimiento. Tampoco había exagerado su amabilidad hacia Ruth. Todo había parecido perfectamente natural.

Incluso Ruth había dicho al despedirse:

—Para ser tan amable conmigo, debe apreciarlo mucho.

Thursdale recordaba aquellas palabras con satisfacción mientras llegaba a la casa.

Después de acompañar a Ruth a la estación, no había conseguido dejar de pensar en ella.

Ruth era muy diferente de las otras mujeres que había conocido. Era directa, sincera y sencilla. Precisamente esa sinceridad lo atraía tanto.

Cuando entró en la casa de Margaret Vervain, todo parecía igual que siempre.

El criado tomó su abrigo y lo condujo al salón.

La habitación estaba iluminada por la luz suave de una lámpara y conservaba aquella atmósfera tranquila y elegante que él conocía tan bien.

Sin embargo, cuando Margaret lo vio entrar, reaccionó de una manera inesperada.

—¿Usted? —exclamó sorprendida.

El libro que tenía en las manos cayó al suelo.

Thursdale se detuvo.

—¿Por qué me mira así? —preguntó sonriendo—. ¿No es esta mi hora habitual?

Margaret tardó unos segundos en responder.

—Esta tarde pensaba estar sola —dijo finalmente.

—Espero no molestar.

—No. Usted nunca molesta.

Él se sentó cerca de la chimenea.

Durante unos momentos hablaron de cosas sin importancia, pero Thursdale empezó a sentir una extraña tensión en el ambiente.

Margaret parecía distinta. Más seria. Más distante.

Finalmente, ella lo miró directamente.

—Ruth Gaynor estuvo aquí hace dos días —dijo lentamente.

Thursdale levantó la cabeza.

—Sí. Ya lo sé.

Margaret guardó silencio unos segundos.

—Creo que nuestra conversación la impresionó más de lo que usted imagina.

Thursdale intentó sonreír.

—Ruth es muy sensible.

—No es solo sensibilidad —respondió Margaret—. También es sinceridad.

La expresión de Thursdale cambió ligeramente.

—¿Qué quiere decir exactamente?

Margaret se levantó lentamente y caminó hacia la ventana.

—Ruth comprende las cosas de una manera muy directa. Para ella, las relaciones entre las personas deben ser claras y sinceras.

—Eso suena muy bien en teoría —dijo Thursdale—, pero la vida suele ser más complicada.

Margaret se volvió hacia él.

—Quizá nosotros la hemos complicado demasiado.

Por primera vez, Thursdale empezó a sentirse incómodo.

—No entiendo por qué habla así esta noche.

—Porque Ruth me hizo pensar.

Hubo un largo silencio.

La tranquilidad elegante que siempre había existido entre ellos parecía desaparecer poco a poco.

—¿Y a qué conclusión ha llegado usted después de hablar con Ruth? —preguntó él finalmente.

Margaret lo observó atentamente antes de responder.

—Que durante años hemos vivido en una especie de comodidad emocional.

Thursdale frunció el ceño.

—No veo nada malo en evitar escenas dramáticas.

—No hablo de dramas. Hablo de sinceridad.

Él se levantó y empezó a caminar lentamente por la habitación.

—Siempre pensé que precisamente eso era lo mejor entre nosotros —dijo—. Nunca nos hicimos daño.

Margaret sonrió con tristeza.

—Tal vez no nos hicimos daño porque nunca nos atrevimos a sentir demasiado.

Aquellas palabras lo afectaron más de lo que esperaba.

Durante años había considerado aquella relación como un ejemplo de equilibrio y sofisticación. Nunca había pensado que Margaret pudiera verla de otra manera.

—Ruth cree que las personas deben comprometerse realmente con los demás —continuó ella—. Cree que no se puede vivir siempre evitando las emociones profundas.

—Ruth todavía es muy joven.

—Quizá. Pero también es muy honesta.

Thursdale guardó silencio.

Por primera vez empezó a preguntarse qué había visto realmente Ruth durante aquella visita.

Margaret volvió a sentarse.

—Ella comprendió inmediatamente la relación entre nosotros.

—¿Y qué cree exactamente?

—Cree que hemos pasado años escondiéndonos detrás de las apariencias.

La frase cayó en el salón como un peso incómodo.

—Eso es absurdo —respondió él con frialdad.

—¿De verdad lo cree?

Thursdale evitó mirarla directamente.

La habitación, que siempre le había parecido tranquila y agradable, ahora parecía extrañamente cerrada.

—Ruth piensa que usted tiene miedo del verdadero compromiso emocional —dijo Margaret con calma.

Él levantó la cabeza rápidamente.

—¿Eso dijo?

—No exactamente con esas palabras. Pero sí cree que usted siempre intenta mantener el control de las relaciones para no sufrir.

Thursdale sintió una incomodidad nueva y difícil de explicar.

Durante años se había considerado un hombre elegante, inteligente y emocionalmente equilibrado. Ahora empezaba a preguntarse si aquella imagen era solo una forma de evitar los sentimientos reales.

—Y usted… —preguntó lentamente—. ¿También piensa eso de mí?

Margaret tardó unos segundos en responder.

—Creo que durante mucho tiempo admiré esa forma de vivir.

—¿Y ahora?

Ella bajó la mirada.

—Ahora ya no estoy segura.

Otra vez apareció el silencio entre ellos.

Pero esta vez no era un silencio cómodo ni elegante.

Era un silencio lleno de cosas que nunca habían dicho claramente.

Thursdale tomó su sombrero lentamente.

De repente comprendió que Ruth había cambiado algo importante entre ellos.

La llegada de aquella joven sincera y directa había roto el equilibrio artificial que durante años había mantenido su relación con Margaret.

Antes de salir, la miró una última vez.

Por primera vez en mucho tiempo, la señora Vervain no parecía tranquila ni sofisticada.

Parecía simplemente cansada.

—Buenas noches, Margaret —dijo en voz baja.

—Buenas noches.

Cuando la puerta se cerró, Margaret permaneció inmóvil junto a la lámpara.

La habitación seguía siendo elegante, silenciosa y refinada.

Pero ahora le parecía completamente vacía.

"The Dilettante" Spanish Reader B1

"The Dilettante" is a Spanish B1 adaptation of Edith Wharton’s short story. Part of the Learn Spanish through Stories collection, this version has been adapted for intermediate Spanish learners seeking to improve reading and listening comprehension through literature. The page includes audio and a complete transcript to support vocabulary acquisition, contextual reading and natural language exposure in Spanish.