Audio "Melville Davisson. Introducción a El Ángel del Señor"

Cuando pensamos en los Estados Unidos imaginamos un país moderno, pero durante mucho tiempo ese país ni siquiera existía. Antes de convertirse en una nación independiente, aquel territorio estaba formado por distintas colonias o asentamientos europeos. Y antes incluso de la llegada de los europeos, el continente americano estaba habitado por numerosos pueblos indígenas, cada uno con su propia lengua, cultura y forma de vida.

En 1492, Cristóbal Colón navegó hacia el oeste en busca de una nueva ruta marítima hacia la India, financiado por la Corona de Castilla, en España. Creía que así llegaría a Asia más rápidamente que rodeando el continente africano. Sin embargo, en lugar de alcanzar la India, llegó a unas tierras desconocidas para los europeos, que años más tarde recibirían el nombre de América. Colón creyó hasta su muerte que había llegado a las Indias, y por ese motivo llamó indios a sus habitantes. Ese nombre se mantuvo durante siglos y todavía hoy se utiliza en muchos contextos históricos. Aquel viaje marcó el comienzo de la exploración europea del nuevo continente.

Durante el siglo siguiente, España exploró y colonizó enormes territorios. Más tarde, también llegaron franceses, holandeses e ingleses, cada uno estableciendo asentamientos en distintas regiones.

La historia que podrán escuchar en el audiolibro no transcurre en los territorios colonizados por España, sino en las colonias y asentamientos fundados por Inglaterra en la costa este de Norteamérica.

En 1607, los ingleses establecieron Jamestown, en la actual Virginia. Fue el primer asentamiento inglés permanente en Norteamérica. Aquellos primeros colonos vivían en condiciones extremadamente difíciles. Tenían que construir sus viviendas, cultivar la tierra, sobrevivir a los inviernos, enfrentarse a enfermedades y aprender a desenvolverse en un territorio inmenso y desconocido.

Con el paso de los años fueron surgiendo nuevas colonias. Algunas nacieron por motivos económicos. Comerciantes y agricultores cruzaban el oceáno Atlántico esperando encontrar tierras fértiles, nuevas oportunidades y una vida mejor.

Pero otras tuvieron un origen muy distinto. En Inglaterra existían importantes conflictos religiosos. Desde que Enrique VIII rompió con la Iglesia de Roma en el siglo XVI y creó la Iglesia anglicana, muchos creyentes pensaban que aquella reforma no había ido lo suficientemente lejos. Algunos grupos protestantes deseaban una Iglesia mucho más fiel a la Biblia y rechazaban muchas de las ceremonias y tradiciones que, según ellos, seguían conservándose.

Entre esos grupos estaban los puritanos y los llamados Padres Peregrinos. No todos sufrían una persecución constante, pero muchos encontraban restricciones para practicar su fe como deseaban. Por eso algunos decidieron abandonar Inglaterra y cruzar el Atlántico para establecer comunidades donde pudieran organizar su vida religiosa según sus propias convicciones.

En 1620, un pequeño grupo de ellos llegó a bordo del Mayflower y fundó una nueva colonia en Plymouth. Con el tiempo, aquellas colonias crecieron hasta convertirse en las Trece Colonias británicas. Y, tras declarar su independencia de Gran Bretaña en 1776, darían origen a los Estados Unidos de América.

¿Por qué es importante conocer todo esto?

Para muchos colonos del siglo XVII y buena parte del XVIII, la Biblia estaba presente en todos los aspectos de la existencia. No era únicamente un libro que se abría durante los oficios religiosos del domingo. Era la guía moral de la familia, el fundamento de la educación de los hijos y la referencia para distinguir el bien del mal, la justicia de la injusticia y el deber del pecado.

Muchos conocían de memoria numerosos pasajes de las Escrituras. Las citas bíblicas aparecían constantemente en las conversaciones, en los sermones y en los escritos de la época. Un autor podía mencionar un episodio de la Biblia sin necesidad de explicarlo porque daba por hecho que sus lectores lo reconocerían inmediatamente.

Eso es precisamente lo que ocurre en este relato. Melville Davisson Post escribió las historias del tío Abner a comienzos del siglo XX, pero decidió ambientarlas varias décadas antes, en una sociedad rural profundamente influida por la tradición protestante.

El tío Abner no es un detective en el sentido moderno de la palabra. No resuelve los crímenes únicamente observando las pruebas materiales o reconstruyendo los hechos. Su manera de comprender el mundo está moldeada por la Biblia. Para él, la conducta humana responde a un orden moral establecido por Dios, y las Escrituras contienen las claves para interpretar tanto las acciones de las personas como el sentido de los acontecimientos.

Por eso, a lo largo del relato aparecen referencias bíblicas que los lectores de la época reconocían inmediatamente, pero que hoy pueden pasar desapercibidas.

La primera de ellas se encuentra en el propio título de la obra: ¿Quién es El Ángel del Señor?

La expresión procede de varios pasajes del Antiguo Testamento, pero uno de los más conocidos es el episodio de Balaam, narrado en el capítulo 22 del libro de los Números.

Balaam era un adivino al que el rey Balac pidió que maldijera al pueblo de Israel. Después de muchas dudas, Balaam emprendió el viaje. Mientras avanzaba por el camino montado sobre su burra, el Ángel del Señor se interpuso delante de él con una espada desenvainada.

Sin embargo, Balaam era incapaz de verlo. Quien sí percibía la presencia del ángel era el animal. La burra se apartó del camino para evitarlo. Balaam creyó que simplemente se comportaba de manera extraña y la golpeó para obligarla a continuar.

Poco después el camino discurría entre dos muros, de modo que ya no era posible apartarse completamente. Entonces el Ángel del Señor volvió a colocarse delante de ellos. La burra, que seguía viéndolo, intentó evitarlo pegándose todo lo posible al muro. Al hacerlo, aplastó el pie de Balaam contra la piedra. Balaam, incapaz de ver al ángel y convencido de que el camino estaba libre, creyó que el animal actuaba sin motivo y volvió a golpearlo.

Finalmente llegaron a un lugar donde el sendero era tan estrecho que ya no existía ninguna posibilidad de desviarse a un lado o a otro. Allí el Ángel del Señor ocupaba completamente el camino. La burra, que seguía viéndolo, comprendió que no podía continuar sin enfrentarse a él y se echó al suelo. Balaam, incapaz de ver al ángel y convencido de que el camino estaba libre, creyó que el animal se negaba a obedecer y volvió a golpearlo.

Entonces ocurre uno de los episodios más sorprendentes de toda la Biblia. Según el relato, Dios permitió que la burra hablara y preguntara a su amo por qué la estaba castigando. Inmediatamente después, Dios abrió los ojos de Balaam, que por fin pudo ver al Ángel del Señor con la espada desenvainada.

Fue entonces cuando comprendió que aquello que había interpretado como simples obstáculos o como la obstinación de un animal había sido, en realidad, una intervención divina para impedirle seguir un camino equivocado.

El título del relato que nos ocupa procede directamente de este episodio narrado en el Libro de los Números. Al final de la investigación, el tío Abner compara su experiencia con la del profeta. Reconoce que, igual que Balaam no comprendió al principio por qué su burra se negaba a avanzar, él tampoco supo interpretar los primeros indicios del caso. Solo cuando apareció una tercera señal comprendió el verdadero significado de los hechos y descubrió la verdad. Por eso afirma: «Dos veces el Ángel del Señor se puso delante de mí y no lo reconocí; pero a la tercera, así lo hice».

Esta idea atraviesa muchas de las historias del tío Abner. En el universo narrativo de Melville Davisson Post, acontecimientos que parecen simples casualidades terminan revelándose como piezas esenciales para descubrir la verdad. Para los personajes, esas coincidencias no son fruto del azar, sino manifestaciones de la providencia divina. Esta concepción refleja el pensamiento religioso de la sociedad rural estadounidense del siglo XIX en la que se ambientan los relatos, profundamente influida por una lectura providencialista de la Biblia. En ese contexto, lo que hoy interpretaríamos como la concatenación de indicios o de coincidencias significativas, se entiende como la acción de Dios guiando los acontecimientos hacia la justicia.

Pero esta no es la única referencia bíblica importante que aparece en el relato. También se menciona a Baal, una alusión cuyo significado resulta esencial para comprender uno de los momentos culminantes de la historia. Sin embargo, explicarla aquí supondría revelar un aspecto fundamental del desenlace.