Audio "Edith Wharton. Cortesía y traición. Análisis de Fiebre Romana"

¿Cómo puede una amistad de veinticinco años basarse en el odio y el engaño?

Imaginemos dos damas estadounidenses de cuidadada y plena madurez sentadas en una terraza mirando hacia las glorias desplegadas del Palatino y el Foro, las monumentales ruinas de la antigua Roma. Han sido amigas íntimas desde la infancia y, sin embargo, en ese preciso instante, mientras parecen disfrutar de una vista serena, están librando una batalla psicológica donde cada palabra es un arma cargada y cada silencio, una estrategia.

Antes de entrar en el sustrato psicológico de esta obra, conviene advertir que este análisis revela el desenlace y algunos de los secretos fundamentales de la trama. Si aún no conocen el relato, pueden encontrarlo en Amazon, traducido y adaptado al español por esta voz que les habla. El enlace está disponible en esta página web. A partir de aquí, nos centraremos en aquello que permanece oculto bajo la aparente cordialidad de las dos protagonistas: las rivalidades, los silencios y las heridas que han sobrevivido durante veinticinco años.

Para comprender por qué las protagonistas, la señora Ansley y la señora Slade, se odian con tanta elegancia, debemos entender su origen. Wharton escribe sobre una sociedad de castas con reglas más rígidas que la aristocracia europea. En este entorno, el valor de una mujer era puramente relacional: dependía de su apellido, de la solidez de su matrimonio y del éxito social de sus hijos. No existía el mérito propio fuera del salón.

Por tanto, la rivalidad no era un simple defecto de carácter; era una herramienta de supervivencia. Si la hija de tu amiga conseguía una mejor posición que la tuya, tú habías perdido la única guerra que se te permitía luchar. Este es el caldo de cultivo de la envidia que estalla en esta terraza de Roma, destino habitual de la alta sociedad neoyorkina.

La historia se construye sobre el contraste entre dos personalidades que, a primera vista, parecen complementarias y, sin embargo, están enfrentadas en una dialéctica de poder, envidia y superioridad moral.

Alida Slade, la más robusta, de color más vivo, con nariz pequeña y decidida y vigorosas cejas negras, encarna a la que podríamos llamar la reina destronada. Viuda de Delphin Slade, el famosísimo abogado, experimenta un golpe profundo al pasar de ser la esposa que organizaba cenas de gala y brillaba en los viajes a Londres o París, a ser simplemente su viuda. Siente que su vida se ha quedado vacía y sin propósito, mucho más que la de su amiga. Ahora solo le queda cuidar de su hija Jenny, pero Jenny es tan perfecta y tan responsable que no necesita protección; al contrario, es Jenny quien cuida de ella. Ese desplazamiento, de ser necesaria a volverse prescindible, es lo que Alida no logra asumir. Y es precisamente desde esa incomodidad desde donde comienza a mirar a los demás. Su insatisfacción no se queda en su propia vida, sino que se proyecta hacia fuera, buscando una comparación que la reafirme.

En ese punto, su mirada se dirige hacia Grace Ansley. En su mente, Alida la etiqueta como sosa y anticuada. Piensa que Grace había sido siempre un poquito rancia. Cree conocerla perfectamente, y esa convicción es su mayor error.

Grace Ansley, es más pequeña y pálida, casi etérea. Parece frágil, sumisa, la esposa correcta de Horace Ansley, un hombre impecable, ejemplar, pero carente de chispa. Alida la subestima continuamente, viéndola como limitada y sin vitalidad. Sin embargo, Grace guarda un secreto que le otorga una superioridad moral y emocional que Alida ni siquiera imagina. Después de décadas de cenas, viajes y confidencias, las dos damas, que habían sido amigas íntimas desde que eran niñas en Nueva York, se dan cuenta de lo poco que se conocen de verdad. Cada una tiene guardada en su mente una etiqueta, una definición cerrada sobre la otra, que no se atreven a manifestar en voz alta. Alida ve en Grace la debilidad; Grace ve en Alida una brillantez que no es tan profunda como ella cree. Piensa que Alida ha tenido una vida triste, llena de errores, y siempre le ha tenido un poco de lástima. Esta dialéctica, la de la mujer que habla y domina contra la que calla y observa. es el motor del relato.

Wharton teje aquí sus metáforas con gran precisión, y todas ellas se vinculan directamente a estas dos diferentes personalidades.

Las ruinas del Palatino, el Foro y el Coliseo no son mero decorado; representan la historia compartida de ambas mujeres, el esplendor caído de su juventud, de su amistad y de la alta sociedad que las formó. Por fuera imponentes y respetables, por dentro están llenas de grietas invisibles, como la hipocresía, los celos y los secretos. La luz dorada del atardecer se apaga sobre ellas, y el cielo se oscurece, señalando el momento en que el pasado sale de las sombras y reclama su lugar. El Coliseo, justo enfrente, es el escenario donde ocurrió todo: el lugar del encuentro prohibido que ahora se convierte en el lugar del juicio definitivo.

El tejido carmesí que Grace saca de su bolso de seda negra, atravesado por dos agujas de marfil, es la segunda gran metáfora y define su carácter. Ese rojo intenso, casi como sangre, simboliza la pasión oculta, el deseo prohibido y la vida que Grace ha creado en secreto. Mientras Alida lo mira con desprecio, viéndolo como prueba de que Grace es limitada y anticuada, ese tejido es en realidad su armadura: le permite mantener la compostura absoluta mientras esconde el secreto más explosivo del relato. El contraste es elocuente: el carmesí vibrante contra el negro del bolso y el gris apagado de las ruinas revela que Grace es la única que conserva color y vitalidad en medio de tanta frialdad emocional.

El acto mismo de tejer va más allá del objeto. Grace lo saca con timidez y se concentra en él, especialmente en los momentos de mayor tensión. Para Alida es algo pasivo y propio de una mujer sin mayor ambición. Para Grace, en cambio, tejer es la fachada perfecta de domesticidad, la actividad correcta para una viuda de clase alta; pero también es el símbolo de su paciencia estratégica: punto a punto, hilera a hilera, ha construido una vida paralela, un matrimonio de conveniencia y una victoria emocional que Alida nunca ha sospechado. Mientras Alida va deshaciendo la amistad con su confesión, Grace sigue tejiendo en silencio, sin levantar la vista, sin perder la compostura.

Otra sutil metáfora es el acto de contar los puntos. En el instante más crítico, cuando Alida revela su odio acumulado, Grace murmura uno, dos, tres, pasar dos, sin alzar los ojos de sus agujas. Mientras Alida se desmorona, Grace cuenta, calcula y mantiene el ritmo. Lleva veinticinco años contando: mentiras, noches de espera, meses hasta el nacimiento de Bárbara, cada mirada de superioridad de Alida. El conteo es mecánico y repetitivo, como la rutina de su matrimonio, pero debajo hay un control absoluto.

Llegamos así al conflicto central y al clímax. Alida, impulsada por la envidia hacia la vitalidad de Bárbara, la hija de Grace (todo aquello que su propia hija no es), rompe finalmente el equilibrio que había mantenido durante años.

Porque la envidia de Alida no es simple ni inmediata. No se trata solo de que Bárbara sea más atractiva o más sociable que Jenny. Es algo más profundo: Bárbara introduce una fisura en la forma en que Alida entiende el mundo. Jenny es correcta, previsible, perfectamente adaptada al sistema; es, en cierto modo, el resultado lógico de ese entorno. Pero Bárbara no. Bárbara tiene iniciativa, desborda ese marco, actúa con una libertad que Alida reconoce pero no puede controlar.

Y ahí se manifiesta el conflicto. Alida necesita que Grace sea una mujer limitada, anticuada, sin profundidad, porque esa imagen sostiene su propia sensación de superioridad. Pero la existencia de Bárbara contradice esa idea. Si Grace es realmente esa mujer sosa que Alida cree conocer, ¿cómo ha podido tener una hija así? ¿De dónde procede esa vitalidad, esa energía, esa capacidad de imponerse en el espacio social?

Esa incoherencia es lo que incomoda a Alida, y acicate para su confesión. Por eso su mirada sobre Bárbara no es neutral. No la observa solo como una joven interesante; la observa como un problema. Bárbara no encaja en el sistema de categorías que Alida ha construido durante años para ordenar su realidad. Y cuando una estructura mental deja de encajar con lo que se tiene delante, necesita resistirse, corregirse o romperse.

Hace lo único que sabe hacer dentro del sistema en el que ha sido formada: recuperar el pasado para reafirmarse. Necesita demostrar que, a pesar de todo, ella ha sido la que ganado. Que su matrimonio fue la prueba definitiva de su superioridad. Que Grace, por muy inesperada que resulte ahora su hija, sigue ocupando el lugar secundario que siempre le asignó.

Y es precisamente ese impulso, esa resistencia, lo que la lleva a hablar.

Su intención era clara: quería que Grace fuera al Coliseo de noche, que se expusiera, que quedara en evidencia o incluso que enfermara. No era solo una trampa emocional; era una maniobra calculada dentro de los límites del sistema. Te odiaba, confiesa. Tenía miedo de ti. Quería quitarte de en medio. Ese miedo es clave: no actúa desde la seguridad, sino desde la percepción de amenaza. Grace no era peligrosa por lo que hacía, sino por lo que representaba: una rival directa por Delphin, alguien capaz de desplazarla en el único terreno que realmente importaba.

En la lógica de Alida, el plan es perfecto. Controla el mensaje, controla el contexto y cree controlar el resultado. Parte de una premisa que nunca cuestiona: que Grace actuará de forma pasiva, que aceptará la situación sin modificarla. Es decir, que se comportará exactamente como Alida la ha definido durante años.

Ahí está el error.

Grace responde con calma: “Por supuesto que no lo he olvidado; me la sé de memoria también”. Pero esto no es solo un recuerdo; es una declaración de control. Mientras Alida ha relegado aquel episodio a una anécdota que cree dominar, Grace lo ha conservado intacto, fijado en la memoria palabra por palabra, como un documento que nunca ha perdido valor.

Pero la ironía es mucho más profunda. Alida quiso destruir a su rival y, sin saberlo, creó las condiciones para que ocurriera exactamente lo contrario. Partió de una premisa que nunca cuestionó: que Grace se limitaría a obedecer el mensaje, a acudir sin intervenir, a permanecer dentro del papel pasivo que siempre le había asignado. Pero Grace no se limita a recibir la carta. La responde.

Ese gesto es mínimo en apariencia, pero definitivo en sus consecuencias. Al responder, introduce a Delphin en la situación real. Ya no es una cita ficticia creada por Alida, sino una cita confirmada. Y Delphin acude.

“Nos dejaron entrar en el Coliseo en cuanto llegamos”.

Ese “nos” altera toda la escena. Donde Alida había previsto aislamiento, hay encuentro. Donde esperaba una espera inútil, se produce una cita efectiva. Donde había diseñado una situación bajo su control, aparece una situación que se le escapa totalmente.

El plan no falla de forma visible en ese momento, y precisamente por eso su error es más profundo. No hay escándalo, no hay consecuencia inmediata que permita a Alida corregir o reaccionar. Todo ocurre en silencio, dentro de los límites del sistema que ambas conocen. Pero ese silencio no neutraliza el efecto; lo desplaza.

En ese momento, el pasado se reconfigura completamente. Lo que Alida consideraba una maniobra de control se convierte en el origen de su propia derrota. No perdió entonces. Perdió en el momento en que creyó haber ganado.

El giro final llega con una serenidad devastadora. Grace se vuelve por última vez y dice: “Yo tuve a Bárbara”. No hay énfasis, no hay dramatización. Y precisamente por eso es definitivo. No es una interpretación, es una evidencia. La hija que Alida envidia es el resultado directo de aquello que quiso impedir.

Fiebre Romana se publicó en 1934. El título alude a un peligro real de la época: la malaria, conocida popularmente como fiebre romana porque se contraía en Roma y sus alrededores. La palabra malaria procede del italiano mal aria, es decir, “mal aire”, ya que durante siglos se creyó que la enfermedad era causada por emanaciones nocivas de zonas pantanosas.

En realidad, la transmisión se produce por la picadura del mosquito Anopheles, que introduce en el organismo un parásito. Este parásito, en algunas variantes, puede permanecer en el cuerpo durante un tiempo sin manifestarse claramente. Por eso, en la época, permanecer al atardecer o de noche cerca de las ruinas era considerado peligroso, especialmente en verano. Las madres vigilaban a sus hijas no solo por razones morales, sino también por un riesgo físico real que no siempre era visible en el momento.

Wharton utiliza este fenómeno con precisión. La fiebre romana o malaria no es solo un concepto médico, sino un modelo de funcionamiento: algo que entra sin ser detectado, permanece latente y se manifiesta tiempo después, cuando ya no puede ser controlado.

De la misma manera, el conflicto entre Alida y Grace no se resuelve en el momento en que se origina. Permanece oculto, integrado en sus vidas, sin consecuencias visibles inmediatas, hasta que finalmente emerge (en este caso, el síntoma sería la energía de Bárbara).

Para comprender plenamente esta obra es necesario situarla en su contexto histórico y en la vida de su autora. Edith Wharton, nacida en 1862 en una de las familias más ricas y poderosas de la alta sociedad neoyorquina (los Jones, de donde procede la expresión keeping up with the Joneses), desafió las restricciones de género de su época. Publicó libros sobre arquitectura y diseño, como The Decoration of Houses, y se consagró como una de las grandes figuras de la ficción. Fue la primera mujer en ganar el Premio Pulitzer en 1921 por La edad de la inocencia y la primera en recibir un doctorado honoris causa por la Universidad de Yale. Tras su divorcio en 1913 se instaló en Francia. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, decidió quedarse en Europa y servir en causas humanitarias, informando desde el frente, labor por la que recibió la Legión de Honor francesa. Murió en Francia en 1937.

Edith Wharton nos deja una reflexión profunda: el pasado nunca desaparece. Los secretos, como la fiebre romana, esperan su momento para manifestarse.